Más allá de la muerte: Cómo vivir la eternidad (Sonia Gabriela Ceja Ramírez)


La muerte del cristiano es un acontecimiento de gracia, que tiene en Cristo y por Cristo un valor y un significado positivo

 

 

“El máximo enigma de la vida humana es la muerte. Sin embargo, la fe en Cristo convierte este enigma en certeza de vida sin fin” señala el Directorio Sobre la Piedad Popular y la Liturgia, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su Capítulo séptimo.
Y es que si bien la Iglesia conmemora el 2 de noviembre como el Día de los Fieles Difuntos, hablar del caso específico de México implica una de las celebraciones más antiguas y arraigadas en la tradición popular, la del Día de los Muertos, fecha en que, según creencias ancestrales, nuestros seres queridos regresan del más allá para convivir con sus allegados y hasta degustar sus alimentos y bebidas preferidos.
Esto tiene sus raíces en los usos y costumbres de algunos pueblos, sobre todo de etnias indígenas, respecto al “culto de los muertos”, donde prevalecen elementos propios de su cultura antropológica, con frecuencia determinada por la idea de prolongar los vínculos familiares con los difuntos. Ante esta situación, la Iglesia de nuestro país propone estar alertas para que estas tradiciones no estén opuestas al Evangelio, aunque tampoco las interpreta apresuradamente como restos del paganismo.

Celebración de los fieles difuntos

La fe cristiana proclama que la muerte es el final de la etapa terrena de la vida, pero “no de nuestro ser”, pues el alma es inmortal. Por eso, en el Credo Niceno-Constantinopolitano, la Iglesia profesa su esperanza en la vida eterna: “Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Apoyándose en la Palabra de Dios, la Iglesia cree y espera firmemente la resurrección.

En qué consisten las exequias cristianas

Las exequias cristianas comprenden tres momentos:
1. La Velación, que consiste en una vigilia de oración en casa del difunto o en otro lugar adecuado, según las circunstancias, donde parientes y amigos fieles se reúnen para elevar a Dios oraciones en sufragio por su alma; escuchar “palabras de Vida Eterna”, y a la luz de éstas, superando las ideas de este mundo, poder dirigir el espíritu a las auténticas perspectivas de la fe en Cristo resucitado.
2. La celebración de la Eucaristía. En ella, la comunidad eclesial escucha “la Palabra de Dios, que proclama el misterio pascual, alienta la esperanza de encontrarnos también un día en el Reino de Dios, reaviva la piedad  hacia  los difuntos y exhorta a un testimonio de vida verdaderamente cristiano”
3. El rito de la despedida, el cortejo fúnebre y la sepultura: La despedida es el adiós (ad Deum) al difunto, que es “recomendación a Dios” por parte de la Iglesia. En el cortejo fúnebre, la Madre Iglesia, que ha llevado sacramentalmente en su seno al cristiano durante peregrinación terrena, acompaña el cuerpo del difunto al lugar de su sepultura, en espera del día de la resurrección (Cfr. 1 Cor 15,42-44).


¿Antes muerto que sencillo?

Cada uno de estos momentos de las exequias cristianas se debe realizar con dignidad y sentido religioso. Así, es preciso que: el cuerpo del difunto, que ha sido templo del Espíritu Santo, sea tratado con gran respeto; que la ornamentación fúnebre sea decorosa, ajena a toda forma de ostentación y despilfarro

Tendencia a esconder a los muertos

Ahora bien, si por una parte en nuestra sociedad está muy difundida la “cultura de la muerte”, por otra, “la civilización moderna pretende rechazar la “visibilidad de la muerte”, por lo que se esfuerza en eliminar sus manifestaciones y consecuencias. De aquí proviene ese recurso, difundido en algunos países, de, por ejemplo, conservar el cuerpo del difunto, mediante un proceso químico, en su aspecto natural, como si estuviera vivo (tanatopraxis), pues el muerto no debe aparecer como tal, sino mantener una apariencia de vida.
Mas el cristiano, para el cual el pensamiento de la muerte debe tener un carácter familiar y sereno, no se puede unir en su fuero interno a estos fenómenos de la “intolerancia respecto a los muertos”, que priva a los difuntos de todo lugar en la vida cotidiana de las ciudades, ni tampoco al rechazo de la “visibilidad de la muerte”. Sobre todo cuando esta intolerancia y rechazo están motivados por una negación irresponsable de la realidad o por una visión materialista, carente de esperanza, ajena a la fe en Cristo, muerto y Resucitado.

La estancia en el purgatorio

En la muerte, el justo se encuentra con Dios, que lo llama a sí para hacerle partícipe de la vida divina. Pero nadie puede ser recibido en la amistad e intimidad de Dios si antes no se ha purificado de las consecuencias personales de todas sus culpas. “La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento”.
De aquí viene la piadosa costumbre de ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio, que son una súplica insistente a Dios para que tenga misericordia de los fieles difuntos, los purifique con el fuego de su caridad y los introduzca en el Reino de la Luz y de la Vida.
Entre estos sufragios ocupa el primer lugar la celebración del Sacrificio Eucarístico, y después vienen otras expresiones de piedad, como oraciones, limosnas, obras de misericordia e indulgencias aplicadas en favor de las almas de los difuntos.

El día de nuestro nacimiento
a la vida eterna

La muerte es el paso a la plenitud de la vida verdadera, por lo que la Iglesia, invirtiendo la lógica y las expectativas de este mundo, llama dies natalis al día de la muerte del cristiano, día de su nacimiento para el cielo, donde “no habrá más muerte ni luto ni llanto ni preocupaciones, porque las cosas de antes han pasado”.


Lo que hay que evitar en la relación vivos y muertos
• El peligro de que permanezcan, en la piedad popular para con los difuntos, elementos o aspectos inaceptables del culto pagano a los antepasados.

• La invocación de los muertos para prácticas adivinatorias.

• La atribución a sueños, que tienen por objeto a personas difuntas, supuestos significados o consecuencias, cuyo temor condiciona el actuar de los fieles;

• El riesgo de que se insinúen formas de creencia en la reencarnación;

• El peligro de negar la inmortalidad del alma y de separar el acontecimiento de la muerte de la perspectiva de la resurrección, de tal manera que la religión cristiana apareciera como una religión de muertos;

• La aplicación de categorías espacio-temporales a la condición de los difuntos.

Cremación o sepultura

La piedad cristiana ha asumido la costumbre milenaria de dar sepultura a los fieles difuntos mediante la inhumación, pues recuerda la tierra de la cual ha sido sacado el hombre (Cfr. Gn 2,6) y a la que ahora vuelve (Cfr. Gn 3,19; Sir 17,1).
Sin embargo, en estos tiempos, muchos cristianos suelen optar por la cremación, y en algunos casos los restos mortales van y vienen de un lugar a otro, o de familiar en familiar, sin encontrar lugar de reposo.
En entrevista, Monseñor Juan Gutiérrez Valencia, Obispo Auxiliar de Guadalajara, explicó: “La tradición en la Iglesia ha sido desde siempre, la de practicar la inhumación como un signo de la fe en la resurrección, pues significa que los cuerpos que son sembrados en la tierra de los cementerios, que en latín significa lugar de los que duermen, han de esperarla ahí. Sin embargo, hoy la Iglesia está consciente de que cada vez hay menos espacio para sepultar a los difuntos en esos lugares, y que es cada vez más difícil y tal vez más costoso; por eso, desde el pontificado del Papa Paulo VI, se ha permitido la cremación, siempre y cuando no se haga como un símbolo de desprecio hacia la fe de los cristianos, que esperamos la resurrección”.
Respecto a la cremación, se debe exhortar a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares, sino a darles la sepultura acostumbrada, hasta que Dios haga resurgir de la tierra a aquellos que reposan allí y el mar restituya a sus muertos (Cfr. Ap 20,13).
Como restos de un cuerpo humano deben ser manejadas con respeto, “pues son vestigios de un cuerpo que fue templo de Dios y por eso deben ser tratadas con aprecio y llevadas a algún lugar digno donde puedan ser depositadas; no hay que tenerlas en la casa o andarlas paseando de un lado para otro, pues se debe tener respeto a lo que fueron”.
Cristianamente, tampoco se deben “dividir” las cenizas (repartirlas entre varios familiares), pues esta acción no demuestra respeto por quienes han partido a la Casa del Padre.


FUENTE: http://www.semanario.com.mx/ps/2008/10/mas-alla-de-la-muerte-como-vivir-la-eternidad/